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Alejandra Guzmán… Infinita

Agosto 2018

Ella nació estrella. Estrella que tiene sangre y vida, que tiene alma y voz.

Algún dios lo decidió; y ante el amparo de Enrique Guzmán y el amor de Silvia Pinal, el pulso de Gabriela Alejandra Guzmán Pinal latió por primera vez. El tiempo, frente a los grandes sucesos es irrelevante y humanamente impreciso, pero para los que buscan fechas y días exactos y aún creen que la magia es consecuencia de la casualidad, Alejandra Guzmán respiró por primera vez el aire de este mundo el 9 de febrero de 1968.

Nació en la ciudad de México; en un año lleno de contrastes, luchas sociales y celebraciones humanas. Quizá heredó la fuerza guerrera de algún dios azteca y frente a cualquier adversidad la fortaleza y el valor de existir.

Desde niña, con artísticos movimientos y zapatillas de ballet, dibujó la música y liberó su anhelo de bailar. Creció y junto a ella, una necesidad de expresión la llevó a crear instantes apasionados que poco a poco se convertirían en su propia misión.

En octubre de 1988, con la necesidad y el ímpetu de vivir, la niña que jugaba a ser artista, se detuvo ante un exigente público sin más armas que su voz como fuego y su imponente presencia como escudo.

Con la inmanente responsabilidad de ser grande, la firme convicción de ser auténtica y la exigencia de eclipsar su ancestral pasado, la joven cantante a principios de los noventa fue la certidumbre de una profecía cumplida. Cientos, quizá miles de espectadores la vieron y bastaron solo dos años más para que nadie quedara inmóvil ante su atrevida rebelión. Como un afiche de algún ser supremo, Alejandra Guzmán disipó dudas, derrotó críticas y hechizó corazones.

En junio de 1991, en uno de los actos más heroicos, la ya consolidada interprete estaba envuelta en su su primera gran batalla. Enfrentó miradas puritanas y conservadoras, juicios inflexibles tan propios de la época y emprendió una lucha en contra de la tentación de asegurar un futuro hedonista y prometedor.

El amor ganó. Cuatro meses después, Alejandra Guzmán abandonó el éxito y la fama a cambio de una increíble y amorosa abnegación. ¿La razón? Uno de los actos sublimes más humanos: ser causa de vida. Frida Sofia, desde hace más de 25 años, tiene la mirada, la fortaleza y la sangre de Alejandra Guzmán.

A mediados de los noventa la artista regresó ante un público que soportó la espera, el mismo público que incondicionalmente la ha amado desde siempre. La llamaban Eternamente Bella, la Reina de Corazones y asociada siempre con su rebelde energía, en ocasiones se le concibió como Mala Hierba.

Convertida en madre, no abandonó su irreverente e impredecible genialidad, pero algo había cambiado, Alejandra, el demonio de los escenarios, esta vez expresaba una sensibilidad delicadamente humana. Indiscutiblemente, ella, La Guzmán, revelaba por primera vez su endemoniadamente divina esencia.

A punto de acabar la primera década del año 2000; La Guzmán caminaba peligrosamente entre excesos y riesgos. Su invencible orgullo la hacía desafiar destinos, la sed de eternidad era su aliada, su paso avasallador suspendía alientos, hasta que, en medio de una evidente invulnerabilidad, llegó la enfermedad.

La vida por primera vez pareció frágil, pero ella está compuesta por fragmentos de infinito y así, con una reveladora omnipotencia derrotó al cáncer, resistió inauténticas cirugías estéticas, soportó problemas de cadera, de rodilla y en medio de camas, hospitales, radiografías, intervenciones médicas, inyecciones y medicinas, no dejó de cantar, de grabar discos, de invadir escenarios.

Con una sobrehumana valentía y cadera de titanio, Alejandra Guzmán se levantó, cargó con la preocupación de sus seguidores y fanáticos, bailó, cantó e inmersa en el dolor; sonrió. Alejandra nunca decepcionó a nadie. Hoy, no sólo es una de las artistas más importantes de México, sino un verdadero ejemplo de vida.

Hace poco la vi y tuve la sensación de estar ante un alma intacta, un alma que no es de este mundo.

A 30 años de carrera, sé que algún aire celeste ha rozado su presencia para dejarnos un mensaje: Las estrellas no necesitan intervenciones humanas porque ni el tiempo las rompe.

 

 

 

 

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