La Guzmán con tinta y lápiz

El día que Alejandra Guzmán no me dio la mano…

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La principal diferencia entre un fan y un ídolo radica –quizá– en que para que exista el primero son indispensables cientos, miles de segundos. El asunto empieza siendo numérico, pero una vez inmersos en este mundo de la obsesión y la intransigencia, se entretejen tantas emociones que el número termina siendo lo de menos.

Ser fan es una gran experiencia y también un verdadero tormento.

No tengo idea de cómo ni cuándo sucede. ¿Por qué un segundo fuimos normales y al siguiente no sé qué diablos –o que bendición– nos hizo ver el mundo a través de este extraño sentimiento? Probablemente todo esto tiene su origen en un lugar tan oculto como el alma. Yo ni siquiera estoy segura que exista el alma.

Pero lo que sí existe es la relación ídolo-fanático; y es una relación tan real y seria, que no se necesitan firmas ni contratos, tampoco testigos (aunque siempre los hay); el tiempo y la vida se comprometen a tal grado que no hace falta nada más.

¡Soy fan de La Guzmán! Sí, fan. Fan con todo, absolutamente todo lo que conlleva declararlo y serlo. Soy consciente de mi obsesión (o eso creo) por querer demostrarlo; necesito que se note, que el mundo lo sepa y aunque al mundo poco le importe, yo soy fan, fan de verdad, de oficio, de años, de huesos, de corazón.

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Pertenezco a ese grupo de individuos que planean asistir a un concierto con una total devoción, a esos que aguantan empujones, revisiones y el molesto “siéntense” cuando la función ha comenzado. Soy de los que la defienden de cualquier comentario negativo y se crecen con los positivos, de los que pasan horas votando en cualquier mentada encuesta, aunque casi nunca se gane nada relevante. Soy de los que ahorran y ahorran para cuando ella venga a mi ciudad y si no viene, de los que hacen maletas y se van a donde esté. Jamás haría un negocio con algo que la involucrara; Alejandra está por encima de cualquier bien mundano. Me cuento entre esos ingenuos que viven desilusiones cuando algo nos impide aquello que el alma (o esa cosa que ya quedamos en que no sé si existe) anhela. Y justamente de esa desilusión quiero escribir.

No he de tirarme al piso porque nada que envuelva a la “Reina de Corazones” estará en el suelo; ni siquiera yo contando mi historia.

Crecí eligiendo a Alejandra Guzmán por sobre muchas cosas, (más, muchas más de las que creo). Durante años coleccioné revistas, discos, tazas, llaveros y lo sigo y seguiré haciendo. Pasé gran parte de mi infancia y adolescencia preparando las caseteras mientras me echaba en la cama a esperar en la radio la canción de estreno. Entendí qué era la velocidad cuando al escucharla fui capaz de dar tremendo salto hacia el botón “play + rec” e inmediatamente después hacer el coraje de la vida cuando el locutor interrumpía la canción para decir la hora. Eran otros tiempos.

Durante mi etapa escolar forré libretas con recortes de periódicos y revistas que siempre la tenían a ella. Me gustaba idealizarla agresiva, rockera, enigmática, fuerte. ¡Qué iba yo a pensar en verla de verdad! Eso era para los fans grandes; yo era una escuincla caguengue que se conformaba con soñarla.

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Y así pasaron 30 años. 30 años en los que Alejandra Guzmán ha estado en mi cabeza todos los días de mi vida. Es cierto, a veces con más intensidad que otras, pero siempre está.

En los mismos 30 años y arropada por esos cómplices que a veces son fans; otras, amigos y en ocasiones ángeles, he conseguido varios autógrafos y hasta he podido enmarcar una foto con ella. He vivido más de lo que una niña (que desde hace años ya no soy) podía soñar.

El 7 de septiembre del 2019 Alejandra Guzmán cantaría en la Arena Ciudad de México; uno de los recintos más grandes e importantes del país. Pensar en faltar al evento era imposible, no importó que ese día fuera el cumpleaños de papá, “el viejo lo entenderá, me ha entendido durante años”, repetí durante todo el día.

A las 19.30 hrs. con chamarra rockera, las enormes letras de AG en la espalda y todo el orgullo en el corazón, llegué a la Arena. ¡Qué gran momento! Los sentidos alerta y esa lucidez de entender que hay momentos, pequeñísimos momentos en la vida del ser humano en los que no deseamos ser nadie más; quizá esto sea la felicidad.

Éramos tantos los que nos reunimos por La Guzmán que dejé de sentirme sola; y entendí que esta pasión por Alejandra es inherente a muchos de nosotros, pero al mismo tiempo, he de confesar que muchas veces, -bueno, casi siempre, está bien, siempre- termino pensando que nadie, nadie, ¡nadie quiere a Alejandra Guzmán tanto como yo!

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Entrar al lugar en que por fin nuestros ojos ven el escenario e imaginar que ella estará ahí es un asunto tan mágico que podría compararlo con lo que supongo sería entrar al cielo. Buscar el asiento y caminar, caminar con esa soberbia tan propia de los fans devuelve toda esperanza (a veces perdida, a veces abandonada) de verla, por fin verla.

En ocasiones tenemos suerte (o creemos tenerla). Las primeras filas siempre abren un montón de posibilidades ya no tan solo de mirarla, sino de que ella también nos mire. Vaya, es momento de exponerlo: Seamos sinceros, los fanáticos somos así, y si deseamos con violenta exaltación decirle al mundo lo mucho que la amamos, imagínense lo que provoca en nuestro cuerpo la oportunidad de decírselo a ella.

Pero decirlo con palabras en medio de un concierto es una hazaña casi imposible. Creo que por ello en repetidas ocasiones los fans enloquecemos a tal grado que, a través de movimientos inoportunos (a veces tan efusivos que dejan de ser rítmicos y normales) aplausos o gritos intentamos expresarlo.

Es una realidad: ¡Necesitamos que ella nos mire!

Sucede algo raro, muy raro, inexplicable, sin sentido y, sin embrago, termina siendo trascendente: “La Guzmán me mira, luego existo”.

Y así es, porque parecería que solo en su mirada habremos de reconocernos como verdaderos fanáticos y es ese momento, ese segundo en que nuestras miradas se cruzan cuando quizá convergen la pena y la ilusión de este fanatismo que no acabó ni con la secundaria ni la carrera, ni con la adolescencia ni con la adultez y que parece no acabará nunca.  Quizá en ella, al fin en ella descubrimos que “somos” y “estamos” y es quizá ese momento el responsable de que años y años sigamos haciendo lo mismo: Buscando que ella nos mire.

Así esperé que fuera ese 7 de septiembre. Su mirada reiteraría que no he perdido ni un solo segundo de mi vida siendo fan. Frecuentemente termino dándome pena.

Pocos minutos después de las de las 21:30 hrs. las luces del escenario de la Arena Ciudad de México se apagaron, los gritos se intensificaron, mi piel se erizó y el sonido de los primeros acordes hizo que algo dentro de mí se rompiera regando anhelo en cada rincón de mi piel. Esto siempre ocurre, siempre que ella aparece en un escenario.

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Esa noche de septiembre ella cantó y bailó como solo ella puede hacerlo y una vez más me rendí ante una Alejandra Guzmán que sigue provocando no sé cuántas cosas en el alma. Sí, en el alma, claro que existe el alma: Alejandra Guzmán confirma que existe el alma.

Por cuestión de una misteriosa inercia calculé la distancia que habría entre Alejandra Guzmán y yo; es decir, la distancia entre la primera fila y el escenario…  Y me pareció inmensa. Quizá en realidad no lo era tanto, pero esas malditas barreras que existen entre ella y nosotros también eran físicas en ese concierto.

¿Por qué será tan importante para los fans descubrirnos en ella? ¡Qué bonito sería imaginar los ojos de un ídolo con su fan en la pupila! Yo lo quería para mí, lo deseaba –y deseo– con el estómago, con las tripas y también con el corazón.

No, no existe uno solo, un solo fanático que no cuente el día en que Alejandra Guzmán lo vio. Ya sé que la anécdota es para carcajearse, yo misma me burlaría de algo así; pero es verdad, a veces ella nos mira. Estoy segura que todos los que han estado en una primera fila o la han esperado en un hotel o en un aeropuerto lo creen, lo cuentan: “Alejandra me vio, me descubrió de entre el público, ha reconocido cuánto la amo. Ella sabe que soy yo, me recuerda desde ese concierto y no importa que ya pasaron diez años, ella no me olvida. ¿La viste?, su mirada era familiar y era para mí, ella buscó mi mano, busco mis ojos entre tantos fans. Seguro hablará de mí con su staff, con sus músicos”. Y hasta imaginamos la supuesta plática. El asunto es de una ingenuidad para morirse de risa, pero ¿quién se atreve a dudar que así es?

El mundo debería valorar un poco más a los fans. Somos seres aptos para amar más que el común de la gente. Somos capaces de sentir lo mismo y creer que somos tan originales que nadie se nos compara. Somos capaces de sufrir y gozar por situaciones reales e imaginarias. Deberían hacernos un monumento o destinar un día para celebrarnos. Somos una edición limitada de personas que viven los eventos como nadie más ¿y todavía se ríen de nosotros? ¡Qué ironía!, ¡qué falta de sensibilidad! Cuando estamos en una primera fila Alejandra Guzmán nos mira, a todos nos mira, nos reconoce, nos quiere y se acabó.

A mí, Alejandra me ha mirado muchas veces, ella sabe quién soy, ese guiño en su mirada lo confirma, esa sonrisa y ese “hola” que solo yo escucho lo reitera, si me ve, ella siempre se detiene ante mí.  ¡Ella me sonrió esa noche!

No es verdad.

¿Para qué mentir? A mí no, a mí no me vio. No, no, esta vez no me miró (pero otras veces sí o tal vez he creído que sí). Ese 7 de septiembre había una enorme distancia entre el escenario y la primera fila, una distancia tan grande como lo que yo quería que sucedería y lo que sucedió.

Alejandra fue la estrella de la Arena, presentó canciones de su nuevo disco y derrochó la misma energía de hace 20 o 30 años atrás; ella es una artistaza, sí que lo es, ella es inmensa, grande, eterna y no me miró.

Casi 45 minutos después de haber iniciado el concierto, se escuchó: “Tengo un pobre corazón que a veces se rompió se apagó…”.

“Día de suerte” es una canción que ha empezado a ser emblemática para los fans. Los que conocemos (o creemos conocer) de memoria sus pasos, sabemos que Alejandra abandona la cima del escenario para tocar a su público, para mirarnos; y ese 7 de septiembre no fue la excepción.

Alejandra Guzmán recorrió el espacio que existe entre la barda de seguridad que contiene a las primeras filas y el escenario. Juro que en ese momento el mundo entero desapareció para mí. Ella se aproximaba con una cierta lentitud hacía nosotros, se acercará a mí cuando me vea -sí, sí, lo pensé, estúpidamente lo pensé-

A lo lejos y en un volumen apenas audible escuché la emoción y voz de ese fan situado a mi derecha: “No, no, Alejandra va a venir” y de reojo, pero sin quitar mi vista de ella, noté cómo se llevaba las manos a la cabeza en señal de incredulidad y euforia al mismo tiempo. En el recuerdo, la escena me parece ridícula y, sin embargo, yo -que no dejo ni un minuto de ser fan- no solo entendí lo que acaba de escuchar, también sentí lo mismo: “Alejandra vendrá”.

Mi acompañante y hermana, quien es mi gran cómplice y testigo de los mejores y peores momentos de mi fanática historia, volteó a verme y sin palabra alguna oí su mirada: “es tu oportunidad”. ¿Oportunidad? La verdad no sé ni de qué, pero yo también lo creí: ¡Es mi oportunidad!

Mi lugar estaba en el extremo izquierdo del escenario. Alejandra inició saludando a su público justo de ese lado, por un momento pensé que no podría tener más suerte. Como todos los presentes corrí hacia donde estaba ella. Solo mi hermana, que cedió su espacio a los que ya eran mis nerviosos movimientos, se mantuvo inmóvil; expectante a lo que sucedía.

Yo estiré la mano con una especie de veneración y esperanza de poder tocar, al menos tocar a Alejandra Guzmán. Todo parecía ideal, no solo tendría la oportunidad de reflejarme en su mirada, sino también de estrechar la mano de la única estrella de esa noche y de tantos años en mi vida.

Creo que esperé impaciente como siempre que se trata de ella, hasta que la distancia entre su presencia y la mía se extinguió. Yo, en una muestra de optimismo por aparecer en sus pupilas y tocar su mano, levanté mi brazo derecho mientras mi palma se extendía como quien busca abrirse sin resistencia a un mar de locura y sueños a punto de cumplirse, como quien sin defensa se entrega a todo sin importar el golpazo que se dará ante nada. Extendí la mano anhelando ese instante en que ídolo y fan a través de un breve, brevísimo contacto físico fueran uno de verdad… No sucedió.

De un momento a otro y con un fervor de movimientos altamente inusuales, manos y manos aparecían detrás de mí; a la izquierda, a la derecha, cuerpos se amontonaban, voces, teléfonos celulares, cámaras, todo era confusión, delirio, desorden, caos hasta que ella se detuvo frente a mí. En ese minúsculo instante, en esas décimas de segundo, Alejandra Guzmán eligió no tocar mi mano. Tal vez ni siquiera me miró o peor aún, me miró y no reconoció nada en mí.

Ella continuó su camino. Algunos fans intrépidos la siguieron mientras otros se amontonaban frente a ella. Yo no; yo bajé mi mano y mi esperanza de tocarla. La seguí con la mirada, cada vez más lejos, cada vez más lejos y me di cuenta que esa maldita distancia entre ella y yo volvía a extenderse. Bajé la mirada para observar el suelo de la Arena Ciudad de México pensando en que tal vez todo dolería menos… Instantes después me arrepentí y volví a mirarla. A Alejandra Guzmán no se le ve todos los días, a Alejandra Guzmán casi nunca se le ve, yo no podía desperdiciar mi oportunidad de verla, de verla, aunque fuera de lejos, y volví a mirarla.

Fueron minúsculos segundos, imposible contarlos para la mente y voz humana; los suficientes para sufrirlo: ella estuvo frente a mí y nada, absolutamente nada pasó. Alejandra Guzmán posiblemente ignora que los fans cargamos en nuestra espalda una historia que en momentos como ése pesa, pesa demasiado y a tal extremo que las piernas tiemblan. Pero ella no es culpable de nada; yo tampoco.

Mi acompañante me observaba, había sido testigo de una devastadora escena. Su mirada era tan pálida como la mía. Yo no sé qué significa eso de: “me cayó un balde de agua fría”, jamás me ha caído uno, pero si la sensación es similar a un frío repentino, a un dolor súbito y profundo en el estómago, a unas nauseas infinitas seguidas de un arqueo que nos hace encorvar; si es similar a unos labios secos; si se compara con lo que uno cree que sentiría si una mano gigante entrara por nuestra espalda para apretarnos el estómago y al mismo tiempo jalar todas y cada una de las venas de nuestro cuerpo, entonces lo diré: “sentí que me caía una balde de agua fría”.

Lo único bueno es que este tipo de repentinas sensaciones desaparece casi instantáneamente. Así que, sin dejar de ver a mi acompañante, solté una enorme carcajada que evidentemente era el disfraz de un profundo llanto. Me sentí desgraciada y sola, totalmente sola en un lugar que ya no reconocí. 

Debí alzar la mano con más fuerzas, gritar con más furia, debí, debí, debí… Ella se fue. No puedo ocultarlo más, todo lo que podía hacer lo hice y Alejandra no tocó mi mano.

El concierto continuó. Yo soy una fan, así que no dejé de cantar, aplaudir, gritar. Ella, Alejandra, fue la Reina de esa noche, la Reina de una Arena que celebró cada uno de sus movimientos, la Reina de tantos corazones que latían al ritmo que ella marcaba, la Reina de verdad, no de ningún sueño ni de ningún cuento de hadas, Alejandra Guzmán es una verdadera “Reina de Corazones”.

Ese día, antes de dormir, repasé no sé cuántas veces la escena. Sería más fácil no ser fan. Ahora ya es tarde, ¿no ser fan?; ya no conozco esa opción. Los fans vivimos una emoción y a veces un drama que a nadie le importa y, aun así, no vamos a traicionarla, no vamos a traicionarnos, seguiremos aquí, con ella.

Sé que pronto mi memoria me hará perder esta historia. Quizá a razón de tanto recordarla entenderé que lo que un día fue absoluto desasosiego después será irrelevante. El tiempo me hará aceptar la fatalidad y mi texto se entenderá distinto.

Hoy solo me resta decirlo: La gloria sea de aquel que estrecha la mano de Alejandra Guzmán y de los que aun no estrechándola la siguen amando con todo su ser y también con el alma.

 

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