Versus

Alto el fuego: Admiración por La Guzmán

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Julio 2018

Yo soy fan de Alejandra Guzmán, soy fan cuando ella canta y cuando no canta, cuando está de frente al escenario soy fan y cuando está de espaldas: también soy fan.

No lo olvido. Cuando el Versus -no el espectáculo- cuando el verdadero Versus, el “Round 4” comenzó; Alejandra Guzmán y Gloria Trevi no volvieron a abandonar el escenario. La Guzmán, como siempre, fue la primera en llegar. Con gran autoridad, volvimos a escuchar su voz en “Mi peor error”. Al terminar, la “Reina de Corazones” caminó hacía un extremo del estrado, dio una especie de media vuelta, dejó atrás al público, bajó el micrófono y con una cierta quietud, esperó. Supongo que Gloria Trevi apareció, y lo supongo porque para mí la ausencia de las luces escénicas no fue suficiente. Yo no pude dejar de mirar a la Eternamente Bella; ella tiene luz propia.

La miré, siempre la miré; la miré aun cuando no cantaba, aun cuando las pantallas gigantes no la proyectaban, aún cuando decían que Gloria Trevi estaba en el centro del escenario, yo miré a La Guzmán.

Me gustaba verla, verla de espaldas, verla completamente erguida, con la mano derecha en la cintura mientras la izquierda, suelta, sin aparente tensión, sostenía el micrófono. Me hubiera encantado saber qué pensaría en ese momento, qué sentÍa. A veces, sin exagerar, tuve la sensación de ver en ella a un ser mágico, lejano a este mundo y otras, me parecía tan real, tan cercana, tan humana. Sí, era ella, ella en un momento especial, en un momento de quietud, en un momento en el que siendo la presencia más importante del espectáculo, parecía mantenerse en una extraña soledad.

No, no dejé de mirarla, y así, fui testigo de cómo, después de una aparente concentración y seriedad, la continuidad lógica del momento era interrumpida por un discreto contacto visual con alguno de los músicos; me gustaba ver cómo, casi imperceptiblemente, sonreía. Después, después volvía a su misma posición. Se veía tan serena, tan especialmente tranquila.

Los segundos pasaban. Yo seguí mirándola y me encantó ver cómo con una lentitud e inesperada sutileza, miraba su mano, la mano que sostenía el micrófono. Sí, sé que la miraba porque estuve atenta cuando lentamente la giraba, como si pretendiera ver la hora en un reloj inexistente en su muñeca, ¿qué miraría?

Fueron pocos minutos, pero los suficientes para descubrir que si ella no cantaba, no bailaba, no estaba en el escenario, para mí todo era silencio.

Pronto las luces volvieron a iluminarla y convencida de su grandeza, quise con todas mis fuerzas cantar o intentar cantar con ella.

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