La Guzmán Textual

La Guzmán enciende la Arena Ciudad de México entre luces, gritos, aplausos y… ¿dolor?

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Después de la euforia…

La descubrí hace más de 30 años. Todavía me cuesta trabajo comprender qué sucedió en mi cabeza y corazón por allá del año 1991 cuando pasaba horas y horas frente a una televisión viendo videos de La Guzmán.

El concierto de Tepoztlán ¿alguien lo recuerda? Lo vi tantas veces que, hasta ahora, puedo enunciar canción por canción sin equivocarme.

Sí, lo sé; suena bastante irreal, quizá hasta ridículo, pero así es: Todavía, el pasado 30 de julio del 2022 cuando ella apareció en la Arena Ciudad de México, mi corazón volvió a latir de una manera especial.

La Guzmán iluminó el escenario de la Arena cantando “Quiero más de ti”. Yo me niego a pensar que solo me pasa a mí; ¡Alejandra Guzmán es espectacular! Su voz, su manera de interpretar, su forma de ser, su proyección escénica, sus pasos de baile; nadie lo cuestiona, la gente ha olvidado de quién es hija; a La Guzmán se le reconoce por ser ella.

Admiro y más aún, contra todo lo que mi melancólica razón me dicta, quiero a Alejandra Guzmán. La he querido durante más de tres décadas y la he querido no solo los días de concierto, la he querido siempre. Conozco perfectamente su discografía, reconozco las portadas de sus discos, sé de sus obras de teatro, de su película, no me perdí ni un solo capítulo de su serie y no me importan si las cosas son o no de la calidad esperada, a mí me basta que tengan relación con Alejandra Guzmán para que yo ponga toda mi atención en ello.

La energía de Alejandra Guzmán es inconfundible; uno puede cerrar los ojos e imaginarla en un escenario con estéticos y ágiles movimientos, como quien dibujara con las manos estrellas en el aire y apenas rozara con sus pies el piso, como si verdaderamente pudiera volar.

Reconozco que también he sido parte de los fans críticos, los que en ocasiones quisieran escuchar otra lista de canciones en conciertos, arreglos musicales nuevos, un vestuario digno de una reina y una producción gigante. Yo aún sueño con un sinfónico, con la voz de Alejandra Guzmán en medio de sonidos clásicos.

Elegí a Alejandra Guzmán por sobre todas las cantantes de este país y del mundo y no me he arrepentido ni un solo instante de mi elección; pero esta vez, algo me perturba.

En complicidad y aquí entre fans, solo entre fans ¿algo pasó el sábado 30 de julio? Quisiera que me desmintieran, que me dijeran que estoy obsesionada y que todo es resultado de mi pobre imaginación. Quisiera estar equivocada, por primera vez, quisiera que nadie estuviera de acuerdo conmigo; porque hay ciertas imágenes que dan vueltas en mi cabeza.

El concierto del pasado sábado tendría que ser especial, era el inicio de la gira, la primera presentación de Alejandra en el escenario más importante de México, una Arena con un lleno total, un espectáculo nuevo y, de pronto, en medio de una gran expectativa me parece que apareció el dolor.

No sé si exagero, pero vi a una Alejandra Guzmán que bailaba más que con el cuerpo, con el alma. Noté un discreto, pero evidente cuidado al bajar las escaleras, vi en varias ocasiones lo que puedo interpretar como expresiones de tortura físico. Sus pasos, su semblante, sus gestos denotaban que algo pasaba. Como nunca antes, percibí un especial cuidado en sus movimientos.

He perdido la cuenta de las intervenciones que le han hecho; han sido tantas que a veces prefiero ignorar el número. Sé de las molestias continuas de cadera, sé lo que pasa con su hija, sé del odio de las redes sociales y todo esto me parecen que ha empezado a lastimar de manera profunda, cada vez más profunda, el cuerpo y el alma de La Guzmán.

Entiendo que el dolor es inherente al ser humano, que es una condición de la existencia, pero vivir con dolor constante me parece espantoso. El dolor limita, transforma, hiere y yo no quiero que nada ni nadie vuelva a lastimar a La Guzmán.

Deseo con la misma fuerza con la que me declaro fan, que Alejandra esté bien; no quiero, no soporto mirar ningún gesto de sufrimiento en ella, y ya sé que es humana, pero ¿qué puedo hacer si me acostumbre a verla inmensa?

No solo admiro a La Guzmán yo quiero a La Guzmán. En mi mirada, ella siempre ha sido perfecta; ha sido bailarina y cantante, guerrera y diva, ejemplo y lucha. Alejandra ha sido la única artista que con afán he seguido desde mi infancia, estuvo en mi adolescencia, está en mi edad adulta.

Yo no puedo ni quiero explicar mi vida sin La Guzmán y no soporto pensar que ella viva con dolor. No soporto verla triste, no soporto siquiera que alguien se refiera despectivamente a ella. Alejandra una y mil veces desapareció mi dolor, porque cuando ella cantaba todo lo que podía lastimarme estaba ausente. ¡Como quisiera hacer lo mismo por ella!

Si mi percepción es real; si ella bailó y canto en medio del dolor físico y emocional en una Arena que exigía su presencia; si ella ocultó las lágrimas y el malestar, si ella calló su dolor por pisar un escenario, si ella lo hizo, entonces yo, que pensé que era imposible, la admiro y la quiero aún más.

Tal vez yo no pueda hacer nada por evitar su dolor, pero sí puedo amarla a pesar del dolor, sí puedo amarla y admirarla sin condiciones, si puedo amarla y admirarla sin cuestionar nada, si puedo amarla y admirarla para siempre.

Cómo quisiera que, por un momento, que por solo un instante Alejandra Guzmán pudiera verse como la veo yo; entonces sabría, por si aún lo duda, que ella es maravillosa, insuperable: ¡Eterna!


 

 

 

 

 

 

 

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